Fui enlistada para la exhumación en Kharkov por dos temporadas: 1995 y 1996. En total para ocho semanas. Iba con el equipo para investigar el sexto cuarto del bosque; allá se había revelado el lugar de entierro de los presos asesinados de Starobielsk. Al mismo tiempo fui el médico del grupo.
De hecho algo dentro de mí me advertía de no ir allá. Pero no me imaginaba que iba a ser una tarea tan horrorosa. [...]
Fuimos al terreno de la exhumación. Debido a los trabajos empezados previamente, por todos lados se asomaban huesos de la tierra: aquí una mandíbula, ahí un pedazo de cráneo, allá fémur. Tenía miedo de pisar los restos, tal vez los huesos, de mi padre. Iba de puntillas... La profanación de este lugar fue mayor por las botellas, la suciedad y la basura, restos de las hogueras, paseos recreativos - de hecho fueron terrenos de vacaciones de la KGB.
[...] Las condiciones de trabajo fueron inimaginablemente difíciles. Inimaginables, es imposible describirlas. En hoyos hondos, llenos del líquido de los cadáveres, llovía sobre nosotros, caían varios cuerpos...
[...] Durante los trabajos de exhumación deseaba mucho encontrar los restos u objetos pertenecientes a mi padre. Sabía que podía tener una alianza de oro, anillo de su familia, reloj, cigarrera con las letras "JG". Así como las fotografías: de una morena de pelo largo y de una niña de cinco años de pelo corto y claro ... [...] ¡No me acordaba de mi padre en absoluto! Fue para mí una mancha blanca. Y debía acordarme de él. ¡Cuando nos separábamos yo tenía cinco años! [...] Después de la guerra, como niña, lo amputé de mi memoria. Fue como un recuerdo triste y doloroso. No se podía hablar de él, había que taparlo como si fuera un criminal. Ni siquiera mamá quería hablarme sobre él por el miedo de que yo no pudiera mantener la boca cerrada.
Mientras crecía, empecé a buscar información sobre él. Veía documentos, fotos, leía artículos de preguerra, escuchaba lo que contaban los familiares y los conocidos. Y de repente descubrí que su vida había sido heróica.
[...]
Partí antes. En realidad huí. Pensé que si no salía de allí me iba a volver loca. Me sentía aprisionada. Dejé mi tarjeta a tan solo tres personas. Así como los datos de mi padre y detalles acerca de los objetos que podía tener en los últimos momentos de su vida. Al cabo de unos días después de mi regreso a Szczecin, donde vivo, me llegó una noticia:¡encontraron el anillo con las letras "JG" y el reloj!
„Carta" no. 36, 2002